jueves, 14 de septiembre de 2006

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Nací en el departamento de Piura- Perú, el 25 de agosto de 1942, en el distrito de Máncora, una caleta de pescadores. Mi niñez se desarrolló en el distrito de El Tamarindo, en la provincia de Sullana, en la que se asienta la cultura PRE – INCA de LOS TALLANES que como su nombre lo indica, eran artífices talladores y místicos.

Posteriormente , el pueblo de El Tamarindo se levantó, representado en un grupo de hombres, a los que se les conocía con el nombre de “Los Tamarindos”; de ahí el nombre del distrito El Tamarindo; grupo que con el tiempo fue desapareciendo a medida que se acercaba un nuevo ciclo de cambios geológicos ambientales y psicológicos acaecidos hace 3000 años.

En este pueblito viví casi la mayor parte de mis experiencias, ya que a partir de los siete años, tenia conciencia, analizaba que si no hubiese nacido del vientre de esta mujer, (como la llamaba a mi madre) hubiera nacido de otra, aquí, en otro lugar, o mas allá, pero de todas maneras hubiera nacido.

Una inquietud oculta en mi, y en el ambiente que me rodeaba, miserable y abandonado, tal como era mi pueblito; me impulsaba a buscar la soledad, lejos de la choza de quincha y barro que era mi casa, solía irme al campo bajo la sombra de un algarrobo; o, cuando visitaba a los familiares en Talara, cerca del mar, en el barrio de los pescadores, me deleitaba con el rumor de las olas, la brisa del mar, el volar de las gaviotas.

Caminaba por la playa bajo un sol resplandeciente; o, en el atardecer con el crepúsculo, sumergido en la arena tibia hasta el cuello, escuchando el ruido de una hélice de totora atravesada por una espina de algarrobo, al moverse por la brisa. (siempre estaba mejor lejos de la gente).

Adormecido, sentía un sopor agradable que me envolvía como espiral de luces doradas, remontándose en un vuelo de sonidos agudos, casi metálicos y me perdía en un inmenso espacio infinito como si viajara en un aparato. Luego, me encontraba en una gran casa con jardines y riachuelos en la opulencia, con objetos, aparatos conocidos y familiares para mí.

Después mi madre y hermanos, me abrazaban, me amaban, me daban la bienvenida. Sentía el bienestar, la tranquilidad de mi verdadero hogar. Ya que cuando regresaba de la vivencia, encontrándome nuevamente en mi soledad, con arena sobre el rostro, entrada la tarde, se apoderaba de mi la tristeza y la melancolía y volvía taciturno, sin animo de jugar con los churres (niños); desesperado y angustiado, porque mi cerebro y mi personalidad precos en desarrollo, no podia soportar la inquietud, la tensión, el cuestionamiento en el estado mental receptivo en que me encontraba.


Cuando recibía algún castigo de parte de mi madre, que sus razones tendría, tal vez, por mi incomprensión me aislaba cada vez mas, y llorando en silencio sobre mi tarima,hecha de troncos de algarrobo, veía una luz resplandeciente, plateada, que se filtraba por un hueco hecho en el techo de totora, barro y paja&& como tragaluz; por esta luz, bajaban unos hombrecillos vestidos con diferentes atuendos que me rodeaban, sintiendo una sensación agradable hasta quedarme profundamente dormido.

De regreso nuevamente a El Tamarindo encontraba el trajinar de la vida diaria de los labradores en el campo, ya acarreando agua con los burros, ya regresando de traer leña seca del desierto para preparar las cachangas* en el horno de barro;o enterrando grandes tinajones de chicha de jora*en el desierto de arena para su maduración, o cosechando el algodón en las tierras del patron.

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Publicado por riosmedina @ 1:39  | Meditación, libro
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